sábado, 25 de mayo de 2013

Quel dommage...


Mientras escribo un texto sobre Sophie Calle suena Jay Jay Johanson, Anywhere anytime. 
Al tiempo,  persiste un verso de M. Hernández: “alrededor de tu piel ato y desato mi vida".
El verso lo hallé impreso en una lona que colgaba de un balcón antiguo.
En el balcón ondeaban, a modo de bandera, un mantón negro y un pañuelo de cuello.
El deseo añadió alguna prenda más que hubiese rozado tu piel, al fin desatada de la mía.
Quel dommage! Jay continua en la play list  y sólo quiero salir a correr.

martes, 9 de abril de 2013

¿De cine?


La sesión había comenzado cuando caí rendida en el sofá.
El sábado me desbordó el trabajo. El domingo, tras un funeral, regresé a casa con la energía justa para salir a correr. Resultó curioso que durante la carrera volviera  a coincidir con algunas personas presentes en el funeral, ahora de paseo con sus hijos-as , en bicicleta o a pie… mientras yo corría junto al río, un amigo querido despedía a su madre para siempre, hasta nunca.
Quise desconectar de mí, el mundo estaba fuera y  la película dentro. Del mismo modo que en la vida, nos adaptamos  a lo que va surgiendo con mayor o menor suerte. 
Amor y otros desastres, Alek Keshishian, 2006, fue el título elegido entre la maraña de canales absurdos con que nos atormenta la televisión.
El film, agradable, sólo necesitaba eso. El guión, comedia trufada de pequeños escalones donde quedarse a pensar, si una quería, mínimo exigible. Me agradan las películas sobre relaciones humanas, no románticas en exceso, tanto si hablamos del uso tópico o artístico del término. Ahora me aburren por igual el pasteleo y el drama compungido. Mi personaje, al que seguí y  me enganchó para no apagar el televisor: un guionista homosexual en constante búsqueda de la relación ideal en el lugar-persona equivocado-a. Por momentos se asemejaba a una paráfrasis vital que reconocía en extremo. Enredos más o menos logrados, a la usanza, no hay que obviar el carácter industrial del cine, estoy de acuerdo. Su mejor amiga, una chica atrapada entre el papel de celestina y el de Holly de Breakfast at Tiffany's, Blake Edwards, 1961. Difícil cocktail, aunque todo depende de la adaptación. El personaje igualmente resultaba familiar, miedo al compromiso, sexo sin amor, amor sin sexo… en el cine…la vida a ratos.
Bien entendido todo es salvable, se trata de ficción, obvio. La vida es insalvable en muchos casos.
Planteada la trama, casi todo puede ocurrir,  tras la astucia de barajar opciones de triunfo o fracaso se nos presenta la auténtica dificultad: hora y media de entretenimiento no es suficiente para saldar el día.
Hice amagos de trabajar, tan torpes que ni me di por enterada. Continué en el sofá, ¿la tarde de los protagonistas gays? Lo ignoro. Como los demás, el título de la siguiente, Vincent Garenq, 2008.
Un chico homosexual que desea ser padre se enfrenta a todas las dificultades posibles que, también en la realidad, nos afectan. Ruptura de pareja por desacuerdos en este punto, adopciones frustradas por su orientación sexual, vientres de alquiler… lo mejor: el accidente de coche ( encuentro-choque ) en el que Fina entra en escena, finalmente mantienen una amistad apasionada entendida por ambos de distinta manera. De nuevo la vida en el cine… a ratos. Pero no estoy para hablar de cine.

Esa tarde me quedó la certeza de que amar es desastroso desde cualquier punto de vista. Si existe continuidad, al primer espasmo cerebral le sucede la rutina que descarta, casi de manera tajante, la motivación. En caso contrario, el olvido. ¿Tal vez se trata de una mera elección…? No me lo creo, nunca pude comprobarlo.

Pretexto: distancia, contexto: Banville: "las palabras no sienten vergüenza y nunca se sorprenden" ,  Antigua luz,  Alfaguara, 2012.
Texto: Ausente. Otro modo de comunicación, si se quiere, basta con el silencio.
Prefiguración: Amor intermitente. Figuración: deseo intermitente, deseo…Configuración: duda …

Hoy duele la piel; duelen los labios, rotos de besos…
Mañana, otra escotadura. Otro lugar que habitaré con ansia hasta el día siguiente…para volver a empezar…sin demora.
Inexorablemente, tú harás lo mismo. El tiempo verbal es aleatorio.

Precontexto: impaciencia proxémica. Insisto, "las palabras no sienten vergüenza...". Los gestos ignorados tampoco, añado.
¿Cálculo aproximado de error? Imposible.

lunes, 1 de abril de 2013

Sobre la proxemia


Últimamente me siento fascinada por el lenguaje. Siempre me sedujo de un modo peculiar, compruebo que exceder sus límites atrae. La conversación gira y se enreda mezclada a partes iguales con tequila y café. No es apto para todos los paladares, me consta... o no. Depende de la proxemia.

En nuestros días la aculturación se produce en términos semejantes al comercio fenicio. Unidas a los productos importados o exportados, van las palabras. Antes que las costumbres o  la cultura, adoptamos el modismo. El lenguaje se acerca a nuestros cerebros ocupando el hueco de la necesidad o la carencia, ambivalente y amplia. En ocasiones, la colonización se efectúa sin requerimientos previos, puede tratarse tanto de un tópico como de una moda, lugares comunes. La injerencia de términos ajenos no se cuestiona, se asimila a nuestra piel demudada por estaciones, temporales o de tránsito real.

No obstante, algo extraño sucede cuando adoptamos las palabras por afinidad o  pura seducción: el lenguaje proxémico. Una suerte de conjugaciones externas que ejercen, con grados, atracciones en distintos sentidos, la sorpresa altera el espacio entre dos puntos cuya distancia más corta no ha de medirse, necesariamente, en línea recta. Más bien ondea como una espiral abierta en ambos extremos, incluso con puntos suspensivos.
En ese instante la percepción de la realidad es por completo permutable, confluyen las ideas, la gestualidad y el riesgo, mientras la combinación de letras se enmaraña en los rizos de un capricho que obvia los límites: trascenderlos es sólo cuestión de palabras.
Definitivamente, diría alguien, hablar es una zona erógena.

martes, 19 de marzo de 2013

Entre pensar y no


librepensamiento.
(De libre y pensamiento).

1. m. Doctrina que reclama para la razón individual independencia absoluta de todo criterio sobrenatural.

Real Academia Española © Todos los derechos reservados



Ayer, en las noticias de una cadena televisiva, aludían a J.J. Millás y su comentario sobre la situación política y social de nuestro país con esta locución : un librepensador de izquierdas… ¿Quiere eso decir que existen librepensadores de derechas o  por el contrario la descripción excluye directamente a la derecha como marco del librepensamiento?
Dado que el diccionario no abunda en matices, la controversia ha de hallarse oculta al final de la descripción de la RAE: criterio sobrenatural. Esto me lleva a otro planteamiento: ¿Lo sobrenatural posee criterio? ¿Debemos inferir que en el pensamiento de derechas el criterio sobrenatural ejerce mayor dominio?

Según la RAE, de nuevo, lo sobrenatural excede lo natural , no expresa en qué sentido, por tanto entiendo que de cualquier modo. Así que nos hallamos ante un significado que reclama para la persona librepensadora independencia del criterio que excede lo natural.
Francamente, tampoco me cuadra. Podría contextualizar, aunque no me siento en la obligación de hacerlo. La razón individual  aparece sobreentendida como natural, por deducción. Así las cosas, quizá opte por declararme antinatural: el pensamiento humano dista mucho de ser una cuestión general y carente de matices. Lo natural, pues, en mi opinión, es disentir. Lo sobrenatural, sería, consecuentemente, no contradecir los presupuestos del pensamiento excedido hasta los límites que marca lo naturalmente establecido sin género de duda…disculpen que no me levante, pero esta descripción me recordó tanto a esos diálogos de Groucho Marx… Lo imagino deambulando sobre la mesa de la RAE, sin letra en el sillón o con una combinación alfabética aleatoria y librepensadora, a saber… en dos zancadas se fumaría el abecedario.
El copyright de la RAE lo aclara : Todos los derechos reservados. Y tanto, dudo que se pueda hallar la fuente de una información tan detallada¿?
Que esto rija la manera de expresarnos con pulcritud no deja de representar una tremenda paradoja.
Concluimos que el uso de la lengua requiere un contexto. No obstante, remitir al pensamiento libre en un telediario de ámbito nacional en 2013, suena más bien a pretexto. Muy mal deben andar las cosas para reivindicar el espacio connotativo entre pensar, ser libre y de izquierdas.

jueves, 9 de agosto de 2012

Capaz o incapaz


Capaz o incapaz 
Jeux d’enfants o Quiéreme si te atreves , título con que el film se estrenó en nuestro país. ( Yann Samuel, 2003)


La historia trata de un juego, de un reto constante que apunta como fin el de ser capaz o incapaz de amar, parece ser.  
Diálogos interesantes, nutridos, y personajes que evolucionan de manera transversal, cruzándose sin tregua.
El carácter irracional de los retos que se proponen el uno al otro desbancan cualquier concepción que se pueda tener sobre comportamiento cívico, responsabilidad o respeto mutuo. La transgresión  se convierte en el arma que esgrimen para rebelarse ante todo, incluidos ellos mismos. Una y otra vez  cargan contra su relación o sus propias vidas, no podría ser de otra manera. Es un film con tintes surrealistas, en el que, opino, el matiz romántico es superado ampliamente por una subyugante atmósfera modernista, el afán de epatar crece a medida que maduran los personajes.

Pretexto íntimo.
Comparten algo esencial, el dolor de no aceptar sus vidas, eso los une desde un principio. La estrategia evasiva que inventan transfiere a su existencia un valor añadido: la complicidad. Si los personajes madurasen al ritmo de los sentimientos, el reto consistiría en no dar vueltas para vivir la historia, trascender el placer de retar , no obtener el beneficio del poder sobre el otro sino  disfrutar del estímulo que la otra persona proporciona sin tener que jugarse la vida, humillar y humillarse, abandonar, olvidar, reencontrarse… Pero entonces, tal vez, no habría película. 
La historia se vuelve tan claustrofóbica que parece imposible encontrar otro modo de que acabe. Realmente el final recuerda a otros títulos en los que los personajes se ven abocados, de un modo u otro, a un destino fatal, sublimado, en este caso, por el hecho de que nunca han reconocido amarse, hasta el último instante. Y quizá , ni siquiera entonces. Admiten que hubieran sido capaces, no que lo hayan hecho.

Lo verdaderamente curioso es que vivan-mueran con la excusa de un juego. En el fondo de la historia persiste la frustración capaz-incapaz de vivir sin retos, sin la motivación permanente de que otra persona espere una respuesta y ello exija un rocambolesco desenlace.
Pretenden, de manera continuada, superar la hazaña del otro personaje, ser cada vez más crueles, más ingeniosos, más transgresores. Rezuman tiranía y avidez por elevarse sobre sí mismos para pisotear la anterior propuesta. Muestran un deseo obsesivo de posesión, mas, no con el fin de amar, entiendo, sino para no perder parte en el juego y así,  perpetuarlo eternamente. Se trata de una extraña combinación de extremos que se atraen y afinidad hasta las últimas consecuencias. Interesante con matices.

En ocasiones, en el cine, las relaciones también se tejen en función del poder de una persona sobre otra, en el pulso que las obliga a mantener la tensión sin que se resuelva en empate, como sería deseable, compartir el riesgo, asumir la responsabilidad a partes iguales, y el placer, por descontado. Sólo quedan igualados ante la muerte. ¿Moraleja?
La vida está plagada de historias así. Quizá no haya por medio una bonita caja con intercambios múltiples, sí es posible que haya una bonita amiga, pero las reglas vienen a ser las mismas. Y a veces, resulta obvio, consentimos que el tiempo pase jugando. El carrusel:  ficticio. El dolor: real.
Nos autoconvencemos de que sin ese juego es imposible seguir. Justificamos los medios: el placer obtenido es superior, con diferencia, a cualquier otra experiencia por intensa que sea. Prolongamos la escena, el extremo de una espiral enlaza con la siguiente hasta convertir nuestros sentimientos en una oscura maraña , y a poco que nos descuidemos, nos cae encima el líquido viscoso de una hormigonera. Aunque metafóricamente, el resultado es idéntico.
En ese instante lo habremos conseguido. Seremos dueños de un bonito corazón-cadáver coronado por serpentinas. Sin duda debe parecer romántico.
Llegados a este extremo, me declaro definitivamente incapaz de continuar el juego.

martes, 7 de agosto de 2012

Anatomía


Escotadura supraesternal, ese lugar del cuello…
Lo había olvidado hasta que volví a ver "El paciente inglés" (Anthony Minghella, 1996) hace unos días.
Yo no le pediría al rey que esa parte del cuerpo llevara mi nombre, sino que desearía quedarme a vivir ahí. No sé qué resulta más ambicioso. En cualquier caso, ambas opciones responden a un modo nada pragmático de entender la vida, soy consciente.
La película en cuestión me pareció en exceso dramática, como un viejo bolero que nunca se olvida y siempre hiere; se asemeja demasiado a los deseos no cumplidos, los que perviven a pesar del tiempo transcurrido.
Al cabo de los años, el film es el mismo, yo, no.
Aún recuerdo que un día quise vivir en la escotadura supraesternal de una mujer. Pese a todo, en mi historia no hay nazis, ni ella muere en la Gruta de los Nadadores, no hay guerra, la casa es confortable, el aire acondicionado funciona, hay suficiente agua y... me pregunto qué habrá sido de la escotadura.
Según avanzo en el libro que me ocupa estoy más en sintonía con la autora: las grandes expectativas nunca se cumplen, siempre quedan encalladas en meros deseos, sin más.
La consecuencia de apreciar las pequeñas cosas de la vida, el tópico que tarde o temprano todo el mundo repite, no es más que resignarse a comer patatas con vinagre porque no es posible degustar fantásticos manjares a diario, como diría, en tono más estoico, Lord Byron. Sin embargo, cuando pienso en el lugar perfecto para vivir, me viene la imagen de la escotadura supraesternal: donde tomar una copa fría en verano o escuchar como crepita el fuego en invierno. La escotadura, sin duda, previene el mal humor y nos repara del inefable paso del tiempo, calma la ansiedad y reconforta de los sinsabores. Debieran recomendarla en los manuales de vida sana junto a las proteínas vegetales y las vitaminas. Cantidad diaria : a voluntad, y no estoy bromeando. De no ser así, una puede ir al cine con asiduidad, refugiarse en escotaduras pasajeras o paraísos alternativos. 
Estoy convencida de que a L. Almásy le pesó más haber perdido la escotadura de K. Clifton que las quemaduras mortales que padecía. Comprensible, la escotadura es esencial.

“Morimos, morimos ricos en amantes y tribus, cuerpos en los que nos sumergimos como si nadáramos en un río, miedos en los que nos refugiamos como en esta triste gruta. Quiero todas esas marcas en mi cuerpo… Sé que vendrás y me llevarás al Palacio de los Vientos”, escribió K. Clifton en su cuaderno... y no tuve ocasión de continuar anotando.

Queda claro que con el tiempo una puede acostumbrarse a vivir en cualquier otro sitio, todo depende del horizonte de expectativas, pero ninguno tendrá el mismo poder de recrear el deseo ávido de otra piel... Ese queda reservado a la caricia de las dunas con luz rasante.

jueves, 17 de mayo de 2012

Para Sebastian Lubeck


Querido Sebastian:
Soy consciente de que el género epistolar está pasado de moda, sin embargo, no me resisto a escribirte utilizando esta especie de híbrido entre carta y mail que adquieren a veces los blogs. En el fondo me resulta fascinante, podemos sintetizar la comunicación personal y al tiempo, que algunas personas más, pocas, me consta, asistan al acto de nuestro encuentro. Imagino, salvando las distancias literarias, que esto podrían haber hecho en esta época Virginia Woolf con sus Cartas a mujeres, Rilke con Cartas a Benvenuta o Cartas a un joven poeta o Violet Trefusis y Vita Sackville -West, correspondencia recogida en el magnífico libro Cartas de amor a Vita.
Esto es, evidentemente, una carta de amor correspondido, aunque la forma de corresponder sea algo heterodoxa, como permite, y es de agradecer,  el tiempo que vivimos.
¿Qué amo de ti? La voz, te lo he dicho innumerables veces. La reflexión, la forma de abrazarme, el respeto, el esfuerzo que haces por comprender cuestiones que, inexorablemente, se escapan de tus manos aunque no del resto de tus sentidos. Tu mesura, algo que compensa mi desmesura. 
Al cabo de los años, muchos, me sigues queriendo. Te lo he puesto difícil, estoy segura,  no se me escapa el detalle. 
Y termino, por ahora, con un extracto de una de las cartas de Violet a Vita. No puedo decirlo mejor que ella para continuar nuestra perpetua conversación. Querido...

“Sé malvada, sé valiente, emborráchate, sé imprudente, sé disoluta, sé despótica, sé anarquista, sé una fanática religiosa, sé una sufragista, sé lo que quieras, pero por piedad te pido que lo seas hasta el límite.
Vive, vive plenamente, vive apasionadamente, vive desastrosamente. Vive toda la gama de experiencias humanas, construye, destruye, vuelve a construir.
¡Vive, vivamos tú y yo, como no ha vivido nadie hasta ahora, exploremos e investiguemos, avancemos sin miedo por donde hasta los más intrépidos han titubeado y se han detenido!”

Violet Trefusis